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El Lago Titicaca

Alguien me dijo alguna vez que si quería ser testigo de los mayores contrastes de la naturaleza y del hábitat de los seres humanos, tenía que viajar a Puno. Un avión te lleva en dos horas desde Lima a Juliaca, que sirve también a esa ciudad. Puno es una ciudad a la vez antigua y moderna, a la orilla del lago navegable más alto del mundo y a pocos kilómetros del cementerio pre-inca de Sillustani, con sus espectaculares chullpas. Es una ciudad caótica, invadida de combis y mototaxistas, donde en todo momento escuchas la música que ejecuta la desafinada orquesta de las bocinas; pero si cruzas la frontera de ese mundo ruidoso y te embarcas en un bote que surca el lago Titicaca hacia las islas flotantes de los Uros, o hacia las más lejanas islas de Taquile o Amantaní, serás testigo del mágico silencio que brota del cuerpo de esas aguas calmas. Allí se refleja el sol y las sombras que proyectan las nubes inmóviles en el cielo azul, que de vez en vez atraviesan los vuelos rectos de los patos de altura. Ese espejo perfecto se rompe a cada momento con la proa de los botes, pero se recompone un poco más allá, donde las aguas recuperan su primitiva quietud y silencio. Experimentas entonces el mundo con los cinco sentidos atentos.

Recuerdo que en ese viaje, tras dos horas de navegación, apareció a lo lejos la isla de Taquile. Se la veía enana a la distancia, pero conforme nos acercábamos crecía la roca dura y negra de sus acantilados, sobre los que parece que nunca se posa la luz del sol. Pero uno baja en Taquile, asciende hacia la «puerta» de la comunidad, y allá arriba el sol explota de nuevo con toda su fuerza y llena con su luz la pequeña plaza donde todos los domingos sus quinientos habitantes se reúnen para el mercado o la fiesta. Fue difícil ascender hasta la plaza, debido a la altura y el poco oxígeno, pero la vista panorámica desde allá arriba y lo pintoresco del pueblo justificó sobradamente el esfuerzo. La familia de Alejandro, presidente de la comunidad, nos recibió con una salvadora sopa de quinua. Por la tarde caminamos a la cima de la isla, cuando ya caía el sol y a lo lejos se veían, recortados contra la cortina gris de la lluvia, los hermosos nevados bolivianos. El viento soplaba hacia la isla, el sol se escondía, salía tímidamente la Luna, y allí, en ese momento mágico, saqué nuevamente mi cámara de fotos para captar los colores de la última luz del día.

Esa noche tomamos una sopita leve con Francisco, el hijo de Alejandro, que nos contaba cómo era la vida en la isla. Nos decía que ahí no había necesidad de dinero. Todos cumplían una función; a algunos les tocaba cultivar ciertas cosas un año, y al año siguiente rotaban las labores. Todos en la isla debían servir para algo, y todo lo que se producía en ella se repartía en partes iguales para que a nadie le faltara nada. También nos contó que ellos no necesitaban salir de la isla para casi nada más que comprar azúcar, sal, algunas frutas y otras pequeñas cosas que no se cultivaban ahí; pero en general solo era necesario ir a la ciudad una vez por semana. Era lo único para lo que necesitaban dinero. Me dijo que una vez lo invitaron a Lima para exponer sus telares –reconocidos mundialmente, por cierto–, pero que no le había gustado la bulla, la congestión y la manera apresurada de vivir de la gente.

Luego de hablar por un buen rato con Francisco, me fui a dormir. Pero no fue fácil conciliar el sueño. En la distancia se escuchaba una tormenta y unas gotas de lluvia picoteaban la ventana del cuarto; en las hendijas del techo vociferaba el viento. De pronto la tormenta ya estaba sobre nosotros, acompañada de truenos y relámpagos. El cielo entero se partía sobre el lago Titicaca. Salí a capturar con mi cámara la violencia de esos rayos que me hacían recordar lo insignificantes que somos ante el poder de la naturaleza.

Al día siguiente fui testigo del amanecer más sorprendente que he visto en mi vida. El cielo con su nutrida paleta de colores pintaba la roca de la isla y las aguas del lago. Ver salir el sol por el horizonte líquido fue una bendición. Me zambullí en el agua fría del lago antes de irme. Regresamos ese mismo día a la ciudad de Puno, y fue como si hubiera dejado atrás un paraíso en el que se puede vivir y morir en estado de gracia. Al llegar al hotel tomé una ducha caliente. El viaje me había pagado con unos bienes intangibles que jamás imaginé. Más tarde, echado en la cama del hotel, vi de nuevo  la Luna del lago Titicaca. Era perfecta sobre los irregulares perfiles en sombra de la ciudad.

Quise salir de mi cuarto. Era casi la media noche. Caminé intentando alejarme de todas las luces urbanas, para ver solo la luz de esa Luna. Esta parecía caminar sobre las aguas, dejando atrás una huella de claridad. Tropezándome con unas piedras enormes quise seguir el camino señalado por la Luna. Llegué a orillas del lago, rodeado por enormes piedras que, por sus extrañas formas, parecían colocadas allí por los dioses Incas. Allí me quedé un rato contemplando las aguas iluminadas por la Luna.

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