© Andres Schwalb - All rights reserved.
logo

Maratón en Los Andes: Sierra Andina Marathon

La semana pasada me tocó cubrir un evento que sería el más exigente que me ha tocado hasta la fecha. Se trataba de una maratón de 44km que recorre el camino de Santa Cruz, en el Parque Nacional Huascarán, en el departamento de Ancash, en la sierra central del Perú, donde se llega a pasar a 4,750 m.s.n.m en su parte más alta.

Acampé un día antes de la carrera a 4,400 m.s.n.m en uno de los puntos de ayuda a los participantes. Para llegar a este lugar subimos y caminamos entre cerros a lo largo de 16 kms. El grupo, compuesto de dos parejas voluntarias extranjeras, Robert y su ayudante, los guías, y los burros encargados de llevar los bultos, me ayudaron a cargar todo mi equipo fotográfico, bolsa de dormir y comida. También tenía un caballo que pude montar por partes del camino.

A mitad de camino nos sorprendió la lluvia, que luego se convirtió en granizo. Toda mi bolsa de dormir terminó empapada después de unos minutos de tormenta. Por suerte se secaría un poco con las últimas horas de sol que quedaban del día.

Esa noche ha sido probablemente la más fría de mi vida, a pesar de abrigarme con tres casacones, guantes, doble media y chullo. No pude dormir mucho por el frío y todos los energizantes que tomé casi sin darme cuenta. Después de un par de horas de haber conciliado el sueño me levanté, todavía de noche, para prepararme y subir 2 km. hasta la mitad del camino al punto más alto y esperar a los corredores.

Alrededor de las 7:30 am. aparecieron los primeros. Cuando me pasaron tuve que acelerar el paso para cambiar de paisaje y seguir tomándoles fotos a los siguientes. Con la lengua afuera por estar exigiéndome a esa altura con el pesado equipo de fotografía, llegué a la cima en Punta Unión (4,750 msnm). Luego vendría una bajada empinada de casi 4 km. de una belleza impresionante. Con los nevados rodeándome y una laguna turquesa al lado, ha sido uno de los lugares más bonitos en los que he estado. Tomarles fotos a los competidores en esa zona fue increíble.

Después de más de 3 km. de bajada pronunciada, y cargando mucho peso, mis rodillas pedían un caballo urgente. Llegué al punto de ayuda –punto 5– y resulta que el caballo que tenían era para emergencias y no había uno que yo pudiera usar. Pero me dijeron que 7 km. más allá estaba el siguiente punto de apoyo y allí sí me darían un caballo. Así que comencé a caminar y el paisaje se convirtió en una pampa arenosa desértica de varios kilómetros, rodeada de montañas. Esta parte fue crítica. Eran las 12 del día con un sol intenso que me daba directo a la cara, sin bloqueador, perseguido por las moscas, cargando el equipo, mi casaca y mi botella de agua vacía que se me acabó en el primer kilómetro; ya no había gente a la vista y el otro lado de esa pampa parecía inalcanzable. Caminar en completa soledad por este desierto fue emocionante e interesante, a pesar de que físicamente no me sentía nada bien.

Finalmente llegué al punto de apoyo y pedí un caballo. Fue la misma historia: no tenían uno; pero me dijeron que en el punto 7 de todas maneras me lo darían. Les dejé mi mochila con el equipo fotográfico para que me lo bajen luego –algo que nunca hago– y seguí caminando solamente con mi cámara, un lente y una botellita de agua. Alimentado todo el día con energizantes, barras de cereal, chocolates, mi cabeza explotaba de dolor por la falta de líquido. Sin embargo, ya había llegado a un punto en que no me importaba seguir caminando, y al menos ya me había liberado del gran peso que cargaba antes. Después de varios kilómetros más de caminata llegue al punto 7, donde me dieron finalmente un caballo. Este caballo no hizo nada más que retrasarme, y como no soy ningún experto cabalgando, este caballo lento, que se resbalaba en las grandes piedras al lado del río, empeoró mi dolor de cabeza. En algunas partes tuve que caminar y jalarlo porque el camino se había puesto muy accidentado.

En un momento me crucé con un arriero que venía cuesta abajo y le pedí que me ayude con el caballo. Se puso atrás y con un par de latigazos, el caballo, que pensé que tenía miedo a las grandes piedras, terminó galopando encima de estas. Yo con una mano agarraba mi cámara y con la otra la montura; estaba a punto de caerme en la sopa de piedras, en una bajada que era pura adrenalina. Fue una escena que le hubiera dado risa a cualquiera. Después decidí dejar el caballo al arriero para que él lo baje y seguí solo por otros 6 km. hasta el fin de la ruta.

Esta maratón que me tocó cubrir por más de 12 horas y 44 kms. terminó siendo un enorme reto para mí también, no solo para los maratonistas. A pesar de las dificultades e incomodidades, lo volvería a hacer. La organización de la carrera fue impecable y ver las expresiones de los participantes y el empeño de los voluntarios para que todo saliera bien, aparte de estar rodeado de la belleza única de los Andes peruanos, me dieron fuerzas para luchar contra todas las trabas mentales y pensar siempre en positivo, exigiendo mi cuerpo hasta el límite.

Cuatro días después, estoy resfriado en casa por mis descuidos en la ruta, pero me siento más vivo que nunca y con ganas de seguir haciendo este tipo de trabajos. Agradezco a todas las personas que confiaron en que lo podía hacer, a mis ayudantes Arantxa y Kevin, quienes también tienen su propia gran historia, a Sierra Andina y a Columbia por hacer una carrera tan extrema, entretenida y diferente, a todas las marcas que auspiciaron y a todos los voluntarios que ayudaron a marcar la ruta, dirigir los campamentos, llevar la comida, etc. También a todos los que corrieron, por atreverse con una prueba tan exigente en el maravilloso paisaje que nos regala el Perú.

 

 

Agregar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *