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Chilca: El Misterioso Paraíso de Surf

Unos años atrás conocí por primera vez una de las mejores olas para surfear en toda nuestra costa. Una playa que había estado escondida por años, lejos de la vista de todos; o por lo menos, el secreto de esta ola había estado muy bien guardado por algunos. Fue increíble “descubrir” una ola tan buena a pocos kilómetros de Lima sin haber sabido antes nada de ella. Era una ola perfecta, grande y tubular, de esas que no encuentras con facilidad.  ¡Por tanto tiempo no nos habíamos dado cuenta!

Me acuerdo del verano en que la conocí, cuando recién empezaba a hacerse conocida esta magnifica rompiente. Toda esa temporada fue una fiesta de tubos para los que tuvieron la suerte de conocerla en esta época.

Se ingresaba en carro por una bonita trocha y luego de quince minutos llegabas a la playa. Era una sensación increíble llegar y ver las olas reventando de la manera más perfecta, escupiendo spray por su tremenda fuerza. No pasó mucho tiempo antes de que se pasara la voz y llegara más gente en busca de estos tubos.

La playa pronto se dio a conocer por toda la comunidad de surf. Hubo campeonatos de ola grande en tabla y hasta campeonatos mundiales de bodyboard. Teníamos en nuestro patio trasero una playa parecida a Puerto Escondido, en México.

Chilca, también conocida por algunos como UFO’s, por supuestos avistamientos de ovnis, fue el paraíso de la ganancia por unos años. Sin embargo, después de unos veranos increíbles las clásicas ganancias se volvieron escasas. Las corrientes hicieron que la arena de la playa se moviera y el camino por donde antes podías pasar en carro se convirtiera en el lugar donde rompía la ola. El agua llegaba hasta la famosa cueva donde la gente antes se estacionaba y las olas cambiaron de forma, ya no reventaban de la misma manera ni con la misma perfección de unos veranos antes. Además, la bonita trocha por donde se entraba (con ganas de llegar lo más rápido posible para ser el primero en el agua) la cerraron con  muros y trancas que cuidaba gente armada para que nadie se metiera o abriese un nuevo camino. Una movida de dudosa legalidad, por decir lo menos, que nos dejó a todos sin puerta de entrada a la playa.  El paraíso chilcano se fue en picada.

Era obvio que ningún muro iba a detener las ganas hambrientas de la manada de surfers adicta a los tubos. Muy pronto se encontraron nuevas rutas a pie, trepando cerros por veinte minutos, o hasta en pequepeques de 10 soles, desde Pucusana. Sin embargo algo faltaba, algo no estaba en su lugar, y eso era la perfección y el tamaño de las olas que habíamos conocido años antes.

Han pasado muchos veranos y seguimos esperando la vuelta del milagro de Chilca. Seguimos esperando que vuelvan esos gigantes de hasta más de cinco metros, que hacían temblar de miedo a todos y remar por nuestras vidas.

Este verano me ha parecido ver la playa más arenada y dispuesta a lanzar un par de recuerdos de oro. Estamos a la espera de volver a ver esos picos perfectos y sentir el mismo antiguo respeto hacia esta playa engreída, que no muchas veces está de humor para darnos el gusto, pero cuando lo está, no se puede pedir más. He aquí la importancia de disfrutar de las cosas cuando las tenemos y, cuando se van, recordarlas con aprecio por los grandes momentos que nos regalaron. Siempre estaré agradecido con esa playa…

Les dejo unas imágenes de lo que fueron un par de días a comienzos de este verano del 2017. Días que me hicieron recordar un poco cómo era antes el juego, y que me han dejado con ganas de más.

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